(resulta de la información obtenida tras el grupo focal realizado con los informantes de la parroquia; ha sido organizado alfabéticamente, para continuar la línea del Glosario. Podrá clarificar cualquier interrogante que el texto haya despertado en el lector).
Carnaval: la fiesta de Carnaval, que ocurre en febrero, es muy tradicional y popular y toda la comunidad participa: “se divierte desde el más pequeño hasta el más anciano”. El carnaval es muy llamativo, tradicional y típico. Para la bienvenida al Santo Carnaval primero se hacía el “encuentro del compadre” con abundante comida: borrego, chancho, gallinas, etc. Para recibir al Santo Carnaval se jugaba la “púcara” o pucara. Para este juego, los participantes utilizaban un sombrero grande de piel de res (para que proteja de los golpes) como protección. Como arma se utilizaba una honda en cuyo extremo se colocaba una piedra de entre 4 y 6 libras de peso. Estos implementos recibía el compadre que iba a participar en la pelea, juego o deporte, como le llaman. Las mujeres –cada participante estaba acompañado por su esposa- llevaban comida (la tonga) para luego del juego y bebida (chicha de jora) que se llevaba a cabo en los cerros más altos. Además, las mujeres ayudaban a proteger a uno de los hombres en caso de que éste caiga, para lo cual llevaban un palo rígido. El bando ganador era el que mataba un contrincante primero. La ganadora –la parroquia- era bendecida por el espíritu del muerto. Ahora solo se hace como demostración, ya que el juego fue prohibido por las muertes que causaba. El juego enfrentaba a contrincantes de parroquias o comunidades vecinas, y se llevaba a cabo en cerros planos localizados y conocidos por todos. Sábado, domingo, lunes y martes de Carnaval se llamaban los días del “aucas”, y en esos días no había justicia, todo era permitido, nada era ilegal. No importaba matar a alguien, dicen, y podía pasar lo que sea. Esto hace unos 30 años, aproximadamente: “Robaban y mataban, unos con miedo y otros borrachos, por todo lado. Las peleas se daban “por las copas””. En las comunidades, además, un ciudadano se disfrazaba de taita carnaval. Le ponían o se ponía alforjas en las cuales la gente le entregaba comida y bebida y, en grupo, iban “buscando el carnaval” casa por casa y en cada una le daban de comer y de beber hasta saciarse, e iba a la siguiente. La gente se resentía si no comía bien, cuentan, y le servían, entre otras cosas: mote, papas con cuy, caldo de borrego y chicha de jora “que no hace daño a nadie”, así como agua de sangorache, de un monte llamado ataco, a esto le llaman “draque”. Había mucho pan, que se servía con miel de caña y quesillo como postre. “Comer y beber es servir a Dios”, decían y el Taita Carnaval lo hacía durante los 8 días que duraba la fiesta. Cada familia mataba un borrego, un chancho, una res, para convidar a los carnavaleros. En cada comida se invitaba a todos los vecinos y hacían la pampa mesa, con manteles limpios tendidos en el patio de la casa, el mote en el centro y al final, con forma de cruz, se sentaba el dueño de casa que hacía rezar. En el centro parroquial, la familia que alcanzaba el pozo de la plaza primero se adueñaba de él, y ganaba. Toda la parroquia se reunía a jugar en la plaza.
Corpus Cristi: en los meses de mayo a junio, se celebran las festividades del Corpus Cristi, que están por desaparecer, ya que las fiestas en honor al Señor de los Milagros han ganado adeptos y minimizado estas otras. Antes organizaban danzas y construían el “altar” (ofrenda a dios por la gran producción). Además se hacía “la octava” (de entre 5 y 10 metros cuadrados), que era un huerto de todos los sembríos de las comunidades dispuesto en la plaza, con todos los elementos que se dan en los huertos familiares, incluyendo animales como perdices, cuyes, conejos, etc., ofrendas que servirían para agradar a la Iglesia. Habían, en estos días de fiesta, unos hombres que bailaban con unas cintas y unas campanas en los pies (dunduchiles), para que suene su danza. Les llamaban los “danza”, entre los cuales había uno que tocaba una caja grande: Cajabamba (le llamaban). Para comer, se hacía una gran pampa mesa entre las comunidades. Los “encabezados” o “priostes” hacían los gastos grandes: chicha de jora, cuy, res; todo para compartir con cuanta gente se acercara. También intervenían en esta celebración los músicos que animaban la danza, con bombo y flauta o pingullo.
Difuntos: En el día de los difuntos se acostumbraba un juego conocido como “wairu píchica” o “juego del cinco”. En este juego la persona que pierde hacía el “wairu píchica” que ocurría “la noche del cinco” y en la que, la persona señalada, debía subir a la parte más alta de un cerro cercano y “dejar un testamento” para toda la gente de los alrededores. Como mensajero, decía todas las cosas referentes al finado-a; y a cómo se debe comportar su deudo-a. Aconsejaba con recomendaciones como: cuidarás a tus hijos, irás a misa, etc… todo esto a viva voz desde la loma. Se comía res y se compartía la comida para todos, de parte del dueño de casa. Sin embargo, en el caso de la muerte de un infante-niño se celebraba una fiesta, con comida, bebida y baile ya que, decían, el niño era puro, no tenía pecado e iba directo al cielo. Se libraba de todo. Se tomaba y comía con aires de alegría. Además, el “Pishca yuyauri”, “el día cinco” o el “juego fúnebre del cinco”, que todavía se realiza, consiste en una ceremonia de baño que se hace a la viuda-o a los cinco días de la defunción del susodicho-a. En este “juego”, además del baño, se lava toda la ropa (y pertenencias) del difunto (para que no pene su alma) y se participa en el “juego de los animales”, para los jóvenes, y el de “dados” para los viejos. El de los jóvenes consistía en recopilar cosas para la fiesta. Los animales se designaban tareas: el burro, trasladaba las cosas; la lechuza, recopilaba huevos, gallinas; el gato, la carne y así. Esto, además de entretener, resultaba una ayuda valiosa para la deuda-o. El de los “dados” (de hueso de buey o llama), servía para repartir los bienes del difunto entre los familiares cercanos. Jugaban con el “cuadro de almas” y los “dados”. En el día del entierro quienes acompañaban a la familia del difunto llevaban el “auqui” que constaba de: trago, azúcar, caramelos, pan, cigarrillos, galletas, etc., todo esto para ayudar en el gasto de los dos o tres días de velorio.
El chusalongo: dicen que, en la montaña, a veces, se puede ver y escuchar a un niño de unos 11 años, delgadito en extremo. Tiene el cabello largo y usa ropa blanca. El miembro del niño (que es por lo que se le reconoce) se envuelve en su antebrazo, como una manguera. El niño, llamado Chusalongo, silba y llama por su nombre a la gente.
El mishqui: años atrás (hace unos 20 años) cuentan, era común desayunar el “mishqui”, que se hacía del penco. El pulcre, como también era llamado, se tomaba en vez de café, para ir a la escuela, o al trabajo. Se hacía con arroz de cebada y se comía con un poco de mote.
Fiestas de San Pedro: las fiestas en honor a San Pedro se celebran desde hace mucho tiempo atrás y, aunque es el patrono de la parroquia, sus fieles devotos han ido desapareciendo, en parte por la crecida en importancia de la fiesta del Señor de los Milagros. Sin embargo, las fiestas de San Pedro suelen celebrarse el 29 de junio, siendo las vísperas el día 28. Las vísperas consistían en “la quema de la chamiza”, en cada casa del sector. Esta quema se realizaba con “chaparro” de montaña, “montes o tamos secos”, palos secos y leña que era acarreada por la gente de las comunidades, pero organizada por el “prioste de la chamiza”. La casa que no quemaba su chamiza, decían, sufría una maldición en el futuro. Todos hacían su chamiza para ir a misa el día siguiente, “hace unos 30 años –dicen-, en el tiempo de los abuelos”. En esta noche las familias preparan comida: tortillas, humas y café, para la gente que llega a visitar y recoger dichos alimentos (llegaban grupos de hasta 12 personas de la comunidad). Al día siguiente y después de celebrar la misa, los concurrentes comen lo recogido por el grupo la noche anterior en una pampa mesa. La devoción a San Pedro, cuentan, tiene una historia. Hace mucho tiempo, dicen nuestros informantes, hubo “demasiada sequía” (una prolongada estación seca), lo cual hacía estragos dentro de la comunidad, por lo que, y acompañados del párroco, llevaron en procesión a la imagen de San Pedro, internándose con ella en la montaña, buscando agua para calmar los males. Cierta vez, dicen, encontraron un lugar en donde “flotaba el agua”, y que podía alcanzar para el consumo de toda la parroquia. La gente interpretó este hecho como un milagro que es atribuido a la imagen de San Pedro, por lo que la parroquia lleva su nombre, según dicen.
La escaramuza: en el marco de las festividades religiosas se desarrollan las escaramuzas, que se ejecutan en la plaza central o en una explanada con capacidad para recibir a los participantes. El juego, como le llaman, consiste en una serie de imágenes que son dibujadas en el terreno designado para el juego, figuras que son realizadas por una serie de jinetes a caballo, agrupados en cuatro “equipos”, cada uno de los cuales tiene un “guía”, el cual monta el mejor caballo del grupo (los grupos reúnen entre 10 a 15 jinetes). Entre las figuras que realizan están: la hoja de malva, el trébol etc., aunque en la actualidad, según informan, se dibujan las letras del nombre del santo homenajeado. Los personajes que intervienen en la escaramuza son: el guía (uno mayor y cuatro menores), el vicealcalde y los colaboradores.
La corrida de cinta: en este juego, que se desarrolla en la plaza central o en el mismo lugar de la escaramuza, se tendía un cable del cual cuelgan las cintas multicolores con una argolla al final, amarrada suavemente para que se libere pronto. El participante, a caballo y a carreras, debía coger la argolla con un palo o esfero. Si lo hace tiene un premio pactado con anterioridad.
Laguna: contaban los abuelos, según nuestros informantes, que en Cochapamba Chico –una laguna próxima a la parroquia- la gente corría el riesgo de ser tragada por las aguas, por lo que era común el miedo a estar por esos alrededores. La laguna era brava, decían, y en una ocasión se había “tragado” a unos novios que por ahí pasaban.
La quema del oro: la gente decía que en la montaña podían verse llamas que significan que en ese lugar había oro. Alguna gente buscó el lugar de la llama a la mañana siguiente pero nunca se encontró nada.
Las mishas: el juego consiste en una apuesta pactada entre algunos de los participantes que, tras la jornada de trabajo (en la cosecha) cuentan la cantidad de “mishas” encontradas. Las mishas son las mazorcas que tienen un solo grano de color oscuro: negro o azul. Con eso se animaba la gente para trabajar más rápido, buscando y desgranando más para ganar.
La chicha de jora: era la bebida utilizada tradicionalmente en actos festivos y en las mingas, es una bebida preparada con maíz y su proceso, seguía los siguientes pasos: primero se selecciona el maíz amarillo, el cual es puesto siete días en agua, para luego tenderlo sobre (y cubierto por, en varias capas) hojas de “garagua”, o “chilca” o “alcujambi”. Se tapa el maíz, entonces, con dichas hojas haciendo un pilo, ahí el maíz “nace” o “jala patitas” (porque se abriga), para, acto seguido, ser secada al sol para entonces tostarlo, molerlo y cocinarlo hasta el punto indicado (sin panela ni endulzantes, dicen, porque la raíz era suficiente). Se tomaba en “shilas” (vasos de barro) y por el fermento la gente se emborrachaba con facilidad.
Machismo: cuentan los pobladores de la parroquia que, antaño, el machismo era muy marcado en sus vidas. Así, dicen, el rol de la madre estaba destinado por los padres quienes decían que, la mujer, debía atender el hogar: las parcelas sembradas, el ganado y los hijos, aunque, recuerdan, “era la que más trabajaba”. La ausencia de hombres, quienes migraban a la costa por meses, obligaba a la mujer a trabajar mucho en sus tierras. “la mujer no podía salir de la casa, ni podía estudiar toda la escuela, recuerdan, sólo los varones tenían ese derecho (unos 30 años atrás)”.
Matrimonios: los matrimonios, dicen, eran escogidos-pactados por los padres y a veces por los abuelos. Era “la muerte” para algunas mujeres, porque teñían que cumplir la palabra de los abuelos, les guste o no. La novia debía ser virgen para casarse en el altar. Además, cuentan, la novia usaba el paño de cachimir blanco con bolsicón celeste y sombrero blanco. Si la chica había tenido “su pasado” debía usar ropa oscura. Para “sacar a la novia” (conseguir el consentimiento de los padres de ella), los padres del novio debían “pelar un res” y llevar una cuarta parte de las misma (“la changa”), para convencer a los papás de la novia, más un canasto con frutas, pan y otros obsequios, así se conseguía la aprobación y se pactaba la boda. El novio debía comprar la vestimenta de la mujer (la que usaría en la boda), que era de “baetiya de castilla”, de varios colores. Era su obligación. El novio iba elegante, con ropa de baeta. Eran 8 días de fiesta los que se celebraban, que pagaba el papá de la novia, invitados todos los amigos. La fiesta en casa de la novia.
Minga: antes el trabajo en la tierra era diferente, dicen, ya que se trabajaba en “cambia mano” o “minga”. Es decir: el dueño de la casa o parcela en la cual se iba a trabajar brindaba la comida y la bebida para los ayudantes y sus familias. Ahora ya no se realiza esta modalidad de trabajo comunitario, ya que la remuneración económica lo ha desplazado, según afirman. La minga se hacía para la siembra, la aporcada y para hacer la parva de chacra. Antes, para que la gente acuda a la minga, se hacía el llamado con la bocina. Así, un ciudadano iba animando a la gente a que se una al trabajo tocando la bocina, o la quipa. Durante el trabajo también se animaba a los mingueros con esa música, y se hacía el juego de las mishas, con apuestas previas pactadas.
Parteras: antes, cuentan (aunque en la actualidad se mantiene esta práctica), habían mujeres que ayudaban a dar a luz, que eran hábiles y sabían hacerlo. Daban remedios caseros, de “montesitos”: borraja, mortiño, un poquito de trago: el “floreado”, como era conocido, que era una bebida con alcohol que se daba a las nuevas madres para que no sufran de frío, para abrigarles después de dar a luz. Después, y bajo la dirección de la partera, la madre es lavada en todo su cuerpo una vez cumplidos doce días posteriores al parto. Este baño se lo realizaba con flores del cerro. Además, cuentan, la madre debía guardar una estricta dieta durante los 40 días posteriores al parto, dieta que constaba, principalmente en: caldo de gallina (todos los días, o la mayoría), caldo de res, granos y, en fin, alimentos que le permitan mantener la fuerza y para que pueda dar de lactar a la criatura. Cuando la persona estaba con los dolores de parto le ponían mentol, cebo de borrego y le frotaban el cuerpo con eso. Daba a luz y se les limpiaban con trago de caña. Al niño le envolvían con baeta de lana de manera que le paraban en el piso.
Producción agrícola: los principales productos que se dan en estas zonas son maíz, trigo, cebada, habas, alverjas, fréjol, lenteja, coles, lechugas, zanahorias, remolachas, pera, durazno, naranja, reina claudia. Esto se daba en casi todas las casa, en cada una. Todos tenían su propia huerta, y estaban acompañadas por flores: rosas, retamas, malva blanca, etc.
Priostes: las festividades son organizadas por los priostes locales, es decir, del centro parroquial, aunque, recuerdan, antes eran organizadas por priostes de las comunidades. El prioste (cuyo cargo es voluntario y, por lo general, se repite a lo largo de los años) daba de comer y de beber a toda la gente y, además, organizaba las chamizas. El priostazgo, por lo general, era ejercido por gente buena y generosa, con mucha fe y la voluntad, además de la devoción de, por medio de una fiesta, compartir con la gente de la comunidad y con su familia las bendiciones recibidas.
Señor de los Milagros: el 14 de septiembre se celebra al Señor de los Milagros, fiesta reconocida como la mayor, en la cual participan gente de otras provincias y, el 24 del mismo mes, la misma fiesta es celebrada pero, en esta ocasión es interparroquial. La devoción hacia el Señor de los Milagros tiene una historia, como cuentan en la parroquia. Dicen que, hace muchos años atrás se había mandado a realizar –desde Loja- un Cristo para la Catedral lojana, al artista escultor Miguel Vélez. Sin embargo, el camino utilizado en tiempos pasados para recorrer la distancia entre Cuenca y Loja pasaba por Quingeo por lo que, dicen, cuando el grupo de personas que acompañaban a la figura del santo hubo llegado a la parroquia, el animal que la cargaba se cansó, y no quiso caminar más. Ante esto los viajeros regresaron a Cuenca para devolver el Cristo al Sr. Vélez. Un reclamo por la figura sería realizado desde la ciudad de Loja, por lo que el artista la re-envió. En esta segunda oportunidad se repitió la historia, es decir, el animal, al llegar a la parroquia, no quiso seguir más. La población interpretó esto como un milagro y decidió hacer una colecta para comprar la figura, que desde entonces ha permanecido en la iglesia de la parroquia.
Siembra-cosecha: los períodos destinados para la siembra y la cosecha son conocidos por la mayoría de los informantes, quienes dicen que en los meses de octubre y noviembre se realiza la siembra, mientras que la cosecha en los meses de mayo y junio. La preparación de terreno o arada se realiza en agosto y septiembre, la cual, antes, se hacía “a pura yunta”, es decir, sin maquinarias. A la yunta se le unce (o amarra) con el yugo y la “cuyuna” (especie de soga de piel de res) para amarrar los cachos de las bestias. La deshierba se realiza en los meses de diciembre y enero, y en éstas las niñas y niños ayudaban. En época de floraciones se cuidaba de las aves y de las hierbas que no le maltraten mucho a la planta, por lo que, dicen, todo el año se trabaja en el campo.
Quichua: “Los abuelos hablaban quichua como lengua maternal, nuestra matriz”. Ahora, dicen, es apenas un 10 o 15% de gente que habla el quichua, que fue prohibido durante mucho tiempo en las escuelas y en la sociedad, en general. Era prohibido hablar en quichua, así como vestir con la indumentaria propia. En la actualidad existen escuelas bilingües que pretenden rescatar lo que queda de la cultura original de estas comunidades.
Vestimenta: “Antes nos vestíamos con bolsicón, centro, paño y sombrero blanco” -recuerdan los informantes-: “La mejor mujer bella”. El “centro”, que es bordado y de bayeta, va por debajo y el bolsicón, que es simple, por arriba: de varios colores y de lana de borrego, aunque en la actualidad casi no existen. El zapato era la “oshota de caucho”, que prohibían en la escuela. En el torso se utilizaba la “chalina”, aunque en tiempos más lejanos, dicen, se usaba “el rebozo de castilla”: rebozo bordado, pequeñito. La vestimenta se completaba con la blusa blanca, bordada y el cabello se llevaba siempre en trenza, hecho moño, y a veces dos trenzas. El sombrero era de lana o de paja, tanto para hombres como mujeres. En el hombre todo era de bayeta (lana de borrego): pantalón, poncho y camisa…
Yashacos: son personas enfermas, de muchos años de dolencia. Tienen la piel como si estuviese quemada y sufren mucho dolor por lo que necesitan tomar sangre de gente, porque solo así se curaban por un tiempo. Por esto, dicen, andaban buscado gente en los cerros para matarla, llevarse la sangre y la lengua, y perderse nuevamente en la montaña.
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