Los juegos






Los jóvenes jugaban a los animales durante el día, se dividían: el uno era el burro, que acarreaba las cosas; el otro era la lechuza y recogía huevos, gallinas… el gato recogía carne y así, todos colaboraban para ayudarle al que quedaba vivo.

Los mayores, mientras tanto, jugaban a “los dados”, para repartir las pertenencias del difunto entre los familiares más cercanos. Usaban unos dados de hueso de buey o de llama, con unos huequitos y el “cuadro de almas”… yo no sé cómo sería, pero jugaban.

El “wairu píchica”, que también hacíamos el día cinco, era cuando alguno de los concurrentes, que haya perdido en un juego de antes, debía subir a la parte más alta de un cerro y “dejar un testamento” para toda la gente de los alrededores, como mensajero.
Decía todas las cosas: cómo era la finada y cómo se debe comportar su deudo (y así mismo, de ser el caso, al revés). Aconsejaba diciendo recomendaciones como: “cuidarás a tus hijos, irás a misa, portaraste bien, serás buena” y así, cosas… todo a viva voz desde la loma.

Y el “día cinco” era como una fiesta y era fiesta también el carnaval, el Santo Carnaval.

Si era de ver, en la plaza las familias salían a ganar el pozo y la que ganaba primero, ganaba pues. Todos jugaban con agüita y había uno como personaje que era el Taita Carnaval, todo él disfrazado con sombrero, con unas alforjas en pecho y espalda para recoger lo que la gente regalaba. Casa por casa caminaba “buscando el carnaval”.

Con música del pijuano y el tambor llegaba, en grupo, con otros tantos que le acompañaban. Casa por casa comiendo, tomando porque “comer y beber es servir a Dios”, decían… y en todas las casas le tenían listito y le esperaban, porque era dicha, porque era bendición. Así mismo si alguna casa no tenía “el carnaval”… ¡le caía una maldición!

Y cómo se comía de rico: había cuy con papas, mote pata, mote pelado, caldo de borrego, chicha de jora (“que no hace daño a nadie”) y draque, que era una agüita de sangorache con trago, caliente daban y rico era. El postre también era así mismo, bueno. Quesillo con miel daban. Y con pancito…

La chicha de jora se hacía con el maíz amarillo, “zhima” que llamamos. Y era de ver cómo todo el mundo hacía. Ahora ya pocos saben cómo se hace, porque era largo de hacer… verá, primero se escogía el maíz (sólo el mejor) para, después, ponerle en agua unos siete días. De ahí se le tendía sobre las hojas de “garagua” o “chilca” o “alcujambi”.

Se tapaba el maíz con estas hojas haciendo un pilo (así: maíz, hojas, maíz, hojas…), de ahí que viene a “jalar las patitas” o empieza a nacer (porque se abriga pues) o germinar.

Entonces los abuelos le secaban al sol, para después tostar, moler y cocinar (sin ni panela, porque la raíz le hacía rico, dulce) y se tomaba en “shilas”, que eran unos como vasos de barro, con que la gente se emborrachaba.

Ay esa fiesta del Carnaval, ocho días me acuerdo que duraba… empezaba con el “encuentro del compadre”, cuando le entregaban el sombrero de res y la honda con piedra para el juego del púcara, o pucara, como dicen también.

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