Otras fiestas






Otra fiesta que teníamos, así mismo, era la del Corpus Cristi, de mayo a junio.

Hacíamos “la octava” que era un huerto de todos los sembríos puesto en la plaza. En cada esquina había uno de éstos, con choclos, zambos, habas y tantas cosas; y hasta se ponían perdices de montaña para ofrendar y agradar a la iglesia… porque en todo está la fe.

Cada huerto medía unos cinco o diez metros cuadrados y, para animar la fiesta, habían los “danza” o danzantes que, con máscaras, con cintas de colores, con espejos bailaban haciendo sonar los “dunduchiles” que eran unos cascabeles que se amarraban a los pies, para bailar pues… a uno de los danza le llamaban el “Cajabamba”, porque tocaba una caja grande junto con los músicos, que entonaban el bombo y el pijuano.

Y con música también celebrábamos el matrimonio, que era bien diferente a hoy día, porque eran otros tiempos pues… para el matrimonio eran los papás o los abuelos los que escogían la pareja, aunque a veces era el infierno para algunas mujeres, que no querían. Pero decían “ya te acostumbrarás, con el tiempo le has de amar…”. Y venían los padres del novio a “querer sacar” a la novia. Con regalos llegaban para convencer a los papás de ella: una cuarta de res, una canasta con frutas, con pan, con tantas cosas vaya… la mujer debía ser virgen para casarse de blanco en el altar (con paño de cachimir blanco iba, con bolsicón celeste y sombrero blanco) o de no, vestía ropa oscura. El novio iba elegante, con ropita de baeta. Y debía comprar la ropa de la novia (era su obligación), que era caro.

Ocho días duraba el festejo en casa de los papás de la novia, que invitaban tanta comida y bebida… ¡para todos pues vaya!.

Así pasaban los días de antes en mi parroquia, más tranquilos, más felices parecieran ¿no?.

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