El Señor de los Milagros






El Señor de los Milagros llegó a nuestra parroquia hace años… ¡puj!. Dicen que era un Cristo que iba para Loja (porque por aquí se pasaba al ir de Cuenca a Loja, atravesando el Valle, Santa Ana, Quingeo y de ahí si largo…), mandado a hacer para la catedral de allá, al Don Miguel Vélez, que disque hacía Cristos tan bellos.

¡Y no se quiso ir…! la primera vez que intentó cruzar la acémila que lo cargaba no quiso caminar más. Se cansó dicen. Y nada que poder moverle, nadie… y como ya era tarde y sin poder seguir, se regresaron pa Cuenca, a donde el don Vélez.

Pero desde Loja disque reclamaban pues y le mandaron de nuevo al Señor en la travesía. Pero otra vez: que llegando a Quingeo que se cansa la bestia, que no quiere moverse y, claro, la gente le vio el milagro y compraron el Cristo entre toditos. Desde ahí es la fiesta, hace ya unos 70 años…También se jugaba la escaramuza en esta fiesta ¡y el torneo de las cintas!

“Las cintas” era con jinetes que corrían, en sus mejores caballos (casi siempre eran los mismos escaramuzas) a lo largo de la plaza, para arrancar las argollas que pendían de las cintas, de colores. Para que se salgan las cintas estaban amarradas suavito al cable o soga templado en la plaza, que era así, a unos cuantos metros de distancia, de lado a lado. Mientras, los jinetes embestían con un palito, a toda carrera, o con un esfero más que sea, para quedarse con el premio…

Todo era por la fe. Así sabemos, así hacíamos. Pero sí ha cambiado… Ahora las fiestas son con show, artistas y juegos artificiales y esas cosas que no son hechas de la naturaleza, sino del hombre. Pero todo por la fe, igual.

Aquí teníamos “parteras” también y hasta siguen habiendo. Esas mujeres que ayudan cuando es la hora, cuando diosito ha dispuesto, porque nada ni nace ni muere sino de Él, cuando Él dispone.

Pero ¿Él mismo les ha de haber dado la habilidad pues? Porque eran mujercitas hábiles, que daban los remedios (así nomás, caseros, con hoja de malva, de llantén, de tantas cosas vaya) y asistían el parto, tocando, empujando la barriga pa hacer cuadrar al guagua… de ahí cortaban ombliguito, le envolvían al guagua en una manta de baeta, cosa de hacerle parar, bien apretadito: tiesito quedaba.

Y a la mama a darle el “floreado” (que era una bebida de flores del cerro, con almíbar y traguito) pa que no le dé el frío, y a abrigarle también.

Doce días la mama esperaba pal baño, en reposo, que también asistía la partera. Usaban cuántas flores del cerro en ese baño, para limpiarle el cuerpo todito y de ahí, a comer bien, durante cuarenta días guardando cama. Pura sopa de gallina y gallina con arroz y caldo de res y chocolate (qué importante que era el chocolate) y el floreado de cuando en vez… “para que aguante el cuerpo”, decían.

Pero así mismo, donde que moría un infante era fiesta, porque el inocente no había conocido pecado, ni se había contaminado del mundo… entonces, la gente era convidada a una celebración, con música y baile y comida y bebida. No así como cuando moría uno grande, un adulto. Eso era triste, muy solemne. La gente venía con el “auqui” (que era trago, azúcar, caramelos, pan, cigarrillos, galletas y más cosas), para ayudar al deudo, para acompañar el dolor en los días del velorio y el del entierro; y todos comíamos de ahí.

Al día quinto de muerto el susodicho, se hacía el “Pishca yuyauri”, o “juego fúnebre del cinco” o “día cinco”, para bañarle a la mujer del muertito, así como toda la ropa y todas las pertenencias de él. “Para que se vaya no más…” decían, “para que no ande penando”.

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